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agosto 20, 2025La identidad es el conjunto de características, pensamientos y actitudes que definen y diferencian a una persona. Se trata de un constructo dinámico, que evoluciona a lo largo de toda la vida y que a nivel cognitivo, requiere de la capacidad de integración de sucesivas identificaciones y su elaboración en una imagen personal progresivamente más estable.
El mecanismo central en la construcción de la identidad es pues la identificación, un proceso que nos acompaña desde la primera infancia, y que puede tener efectos dispares, en función de las características de la persona que ejerce de modelo de identificación, así como de la calidad de nuestra relación afectiva con ella. De este modo, el niño crea su identidad a partir de la relación con las personas que le cuidan (generalmente los padres) en función de la imagen que estos le devuelven.
El deseo de ser padres puede responder a muchas motivaciones (instinto, trascendencia, mandato social…) pero especialmente y más que a ninguna otra, responde (o debería responder) al deseo de dar amor. Por ello, el lugar emocional desde el que los padres encaran la decisión de tener a su hijo, sentará las bases para las futuras identificaciones de éste. Es decir, antes incluso de su nacimiento, aun cuando sólo existe como un deseo en la mente de sus padres, el hecho de ser convocado desde el amor incondicional, desde el “deseo de hijo”, será determinante en la constitución de su identidad y en su sentido de pertenencia a la familia.
En el embarazo, la realidad del recién nacido comienza a esbozarse en la propia realidad interna de la madre, de tal modo que ésta inicia la relación con su futuro hijo según la representación que en su mente haga de éste, construida mayormente a partir de sus propias vivencias emocionales y expectativas. Tras el nacimiento, la interacción entre la madre y el bebé estará en buena parte determinada por esta primera representación que es la “identidad del bebe en la mente de la madre”, si bien posteriormente, en las sucesivas interacciones irá modificando y modelando dicha representación y así, de este modo la madre (o los padres) irá construyendo en su mente una identidad de su hijo más determinada por la relación con éste. El niño, a través de sucesivas identificaciones con las imágenes proyectadas de él mismo por sus padres, estructurará y constituirá su propia identidad; en definitiva podemos afirmar que el niño se ve a sí mismo como sus padres le ven.
Las primeras vivencias del bebé recién nacido con sus padres sentarán así mismo las bases para su futura autoestima. Esta se constituye entre otras cosas con los cuidados y la mirada emocional propiciadas por las figuras parentales, esto es lo que dará lugar a las primeras apreciaciones para con uno mismo. En esta etapa la mirada de los padres tendrá una función fundamental de sostén que le permitirá “sentirse verdadero” pudiendo confiar en las propias percepciones y vivencias, contando con otro significativo que las valide. Posteriormente, en la infancia, el reconocimiento y admiración del adulto al niño (esto es, la especularización) será fundamental para la construcción de una buena autoestima como también lo será que los padres transmitan al hijo sensación de bienestar en el vínculo y placer en la crianza lo que redundará en un adecuado sentimiento de pertenencia del hijo, fundamental en su buen desarrollo emocional.

